¡Feliz jueves amores! Hoy he querido escribir acerca de lo frustrante que puede ser la vida cuando lo externo se torna del revés a lo que habíamos pensado. Me apetecía escribir sobre como gestionamos las cosas cuando no salen como pensamos, como reaccionamos ante las adversidades y porqué, de cuanto daño nos hacen los acontecimientos externos y de ello, cuanta parte podríamos cambiar nosotras/os mismas simplemente cambiando el enfoque y, por supuesto, de como el coaching puede ayudar en este cambio de perspectiva, porque ya sabéis que hay días en los que todo parece fluir… y otros en los que la vida decide ponernos a prueba sin previo aviso.
Un proyecto que no sale. Una relación que se rompe. Una respuesta que no llega. Una expectativa que se desmorona.
Y entonces aparece esa sensación tan humana de: “¿Por qué a mí?”.
Hoy quiero hablarte justo de eso. De cómo gestionamos las cosas cuando no salen como pensábamos. De por qué reaccionamos como reaccionamos ante la adversidad. De cuánto daño nos hacen realmente los acontecimientos externos… y cuánto podríamos transformar simplemente cambiando el enfoque.
Porque aquí hay una verdad poderosa: los hechos importan, sí. Pero la interpretación que hacemos de ellos, importa muchísimo más, y no lo digo por decir, lo digo porque he estado en las dos partes, en la de la persona que se enfoca en el “drama” y de la persona que se enfoca en la solución, y os puedo prometer que la vida, desde el segundo lado, es muchísimo más sencilla. ¿Sin problemas? No, obviamente, pero las cargas de estos problemas, pesan y repercuten mucho menos.
Cuando la realidad no coincide con el plan
Desde pequeñas aprendemos a imaginarnos la vida de una determinada manera. Nos contamos historias sobre cómo deberían ser las relaciones, el éxito, la amistad, el amor, el reconocimiento.
Y cuando la realidad no encaja con ese guion interno, se produce un choque, porque enseguida pensamos que eso “no es lo normal” (y como odio esa frase… te dejo aquí el enlace para que veas más sobre esto si lo necesitas).
Ese choque no duele solo por lo que ocurre, sino por lo que significa para nosotras.
No es solo que alguien no nos haya elegido. Es que lo traducimos como “no soy suficiente”.
No es solo que el proyecto haya fracasado. Es que lo convertimos en “he fallado”.
No es solo que algo haya cambiado. Es que lo vivimos como “he perdido el control”.
La mayoría de nuestro sufrimiento no viene del acontecimiento en sí, sino de la narrativa que construimos alrededor.
Y lo peor es que, como lo hacemos de forma automática, nos cuesta mucho darnos cuenta de que eso lo podríamos ver de otra forma y que podríamos cambiarlo.
¿Por qué reaccionamos como reaccionamos?
Porque no reaccionamos desde el presente. Reaccionamos desde nuestras heridas, nuestras experiencias pasadas y nuestras creencias profundas.
Cuando algo se tuerce, no solo estamos viviendo ese momento: se activan memorias emocionales antiguas.
Si alguien se aleja, puede activarse el miedo al abandono.
Si algo falla, puede activarse la creencia de que no valemos.
Si perdemos el control, puede despertarse la necesidad de seguridad.
Por eso a veces reaccionamos con una intensidad que ni nosotras mismas entendemos.
No es exageración. Es acumulación.
Cada experiencia actual toca botones internos que ya estaban ahí.
Y mientras no seamos conscientes de eso, seguiremos pensando que el problema está únicamente fuera.
¿Cuánto daño nos hacen realmente los acontecimientos externos?
Y aquí voy a explicar algo que puede incomodar un poco, porque no nos gusta ver la realidad de frente, siempre nos da rabia incluso, y a veces preferimos mirar para otro lado, pero si confiamos en ello, también liberar muchísimo:
Los acontecimientos externos nos afectan. Claro que sí. Somos humanas. Tenemos emociones.
Pero no tienen el poder absoluto que creemos que tienen. ¡¡Boom!!
Lo que verdaderamente determina cuánto nos dañan es:
– La historia que nos contamos.
– El significado que les damos.
– La identidad que construimos a partir de ellos.
Dos personas pueden vivir la misma situación y reaccionar de formas totalmente distintas con lo que esa situación implica. Y seguro que lo has vivido con ejemplos como:
- Una persona a la que le diagnostican una enfermedad y lo afronta con ganas de curarse, con positivismo, con energía, frente a otra que con exactamente el mismo diagnostico, se hunde, piensa en que todo va a salir mal, etc.
- Dos hermanos de la misma edad que se han criado en la misma familia y uno dice tener muchos traumas por venir de familia desestructurada vs a otro que ha vivido exactamente lo mismo y es un adulto funcional con un recuerdo de una infancia relativamente feliz.
- Una persona que está en una relación que no le nutre y es capaz de salir frente a otra que vive la misma situación y solo hace quejarse pero no toma acción para irse…
Y como esto, os podría poner miles de ejemplos para que nos demos cuenta de que no es el hecho en si, sino lo que hacemos con el hecho.
Esto demuestra que una persona puede hundirse.
La otra puede aprender, reajustar y crecer.
¿La diferencia? El enfoque.
No se trata de negar el dolor.
No se trata de “positividad tóxica”.
No se trata de fingir que nada importa.
Se trata de comprender que entre lo que ocurre y cómo lo vivimos hay un espacio.
Y en ese espacio está nuestra capacidad de elección.
Cambiar el enfoque no es engañarse, es expandirse
Cambiar el enfoque no significa autoengañarse ni minimizar lo que duele.
Significa preguntarte:
– ¿Qué otra interpretación podría existir?
– ¿Qué aprendizaje hay aquí para mí?
– ¿Qué parte sí depende de mí?
– ¿Qué estoy asumiendo como verdad sin cuestionarlo?
A veces lo que llamamos fracaso es simplemente redirección.
A veces lo que vivimos como rechazo es protección.
A veces lo que interpretamos como pérdida es una limpieza necesaria.
El enfoque no cambia los hechos.
Cambia tu experiencia interna frente a ellos.
Y eso lo cambia todo.
Porque cuando cambias la experiencia interna, cambian tus decisiones.
Y cuando cambian tus decisiones, cambia tu vida.
El hábito de victimización silenciosa
Hay algo de lo que se habla poco: la comodidad inconsciente de sentir que todo nos pasa.
Cuando creemos que la culpa es del otro, del sistema, de la situación o de la mala suerte, nos liberamos momentáneamente de responsabilidad.
Pero también nos quitamos poder.
Porque si todo depende de fuera, no hay nada que podamos hacer.
Y eso, aunque parezca más fácil al principio, termina siendo desesperanzador.
Asumir que tenemos margen de acción puede dar miedo. Porque implica mirarnos. Implica reconocer patrones. Implica responsabilizarnos.
Pero también devuelve algo fundamental: la capacidad de transformación.
Aquí es donde el coaching marca la diferencia
Y lo afirmo porque a mi me cambió la vida y a la gente que ha hecho los procesos de coaching conmigo, también, y lo he podido ver de cerca.
El coaching no cambia los hechos.
No borra lo que ha ocurrido.
No controla a otras personas.
Pero sí cambia la manera en la que te relacionas con lo que ocurre.
En un proceso de coaching aprendemos a:
– Identificar creencias limitantes.
– Detectar patrones repetitivos.
– Tomar conciencia de nuestras interpretaciones automáticas.
– Separar hechos de historias.
– Recuperar el poder personal.
Muchas veces llegamos pensando que necesitamos que cambie el entorno, que los demás se portan mal, que si ellos no cambian nosotras no podemos hacer nada para mejorar, y justo esto es lo que el coaching desmonta y hace que veamos diferente, porque como por arte de magia, os prometo que cuando tú cambias, el entorno, inevitablemente, cambia también.
Lo genial es que descubrimos que lo que realmente necesitábamos era cambiar la mirada.
El coaching es un entrenamiento de perspectiva.
Te ayuda a pasar del “¿por qué me pasa esto?” al “¿para qué puede estar ocurriendo esto en mi vida?”.
Te ayuda a salir del piloto automático emocional.
Te ayuda a elegir respuestas más conscientes.
Te ayuda a dejar de reaccionar desde la herida y empezar a responder desde la madurez emocional.
Y eso no significa dejar de sentir, porque es más, una parte importante que te enseña es que tienes que justo eso, permitirte sentir, porque en ocasiones lo que más nos daña es justo eso, el miedo al miedo, el miedo a la tristeza, el miedo a estar mal…
Avanzar y mejorar significa sentir sin perderte.
No controlas todo. Pero sí mucho más de lo que crees.
No podemos controlar lo que otros hacen.
No podemos evitar que haya pérdidas.
No podemos impedir que existan cambios.
Pero sí podemos decidir:
– Qué significado le damos.
– Qué aprendemos.
– Cómo queremos posicionarnos.
– Qué versión de nosotras va a responder.
Esa parte es profundamente transformadora.
Porque cuando entiendes que tu enfoque es una elección (aunque al principio no lo parezca), dejas de ser arrastrada por cada tormenta externa.
Te conviertes en alguien que siente, sí.
Pero también reflexiona.
También decide.
También evoluciona.
La adversidad como punto de expansión
La mayoría de las mujeres con las que trabajo no llegan porque todo vaya mal.
Llegan porque algo no ha salido como esperaban… y eso ha removido algo mucho más profundo.
Y ahí, justo ahí, empieza el crecimiento real.
No cuando todo es cómodo.
No cuando todo encaja.
Sino cuando algo se rompe y te obliga a mirarte por dentro.
Las adversidades no siempre vienen a destruirte.
A veces vienen a ampliarte.
A mostrarte una versión más fuerte, más consciente y más auténtica de ti.
Pero eso solo ocurre si decides trabajar el enfoque.
Una pregunta que puede cambiarlo todo
La próxima vez que algo no salga como pensabas, antes de reaccionar automáticamente, pregúntate:
¿Qué parte de esta situación está fuera de mi control… y qué parte sí está en mis manos?
Esa pregunta te devuelve al centro.
Te saca del drama.
Te coloca en poder.
Y desde ahí, las decisiones cambian.
No se trata de convertirte en alguien frío ni insensible.
Se trata de convertirte en alguien consciente.
Porque cuando eres consciente de cómo interpretas la realidad, dejas de vivir a merced de ella.
Y empiezas a crearla con intención.
Y eso, créeme, es una revolución silenciosa que transforma vidas.
Si sientes que estás en un momento donde algo no ha salido como esperabas, quizás no sea el final de nada.
Quizás sea el inicio de una nueva forma de mirarte.
Y desde ahí… todo puede cambiar.
Si os ha gustado que os escriba esta parte de mis pensamientos, por favor, decírmelo para que así siga escribiendo más. ¡Me encanta leeros y lo sabéis! Os mando un millón de besos y abrazos 🙂
